domingo, 23 de marzo de 2014

Ausencia, José Luis Borges.


Habré de levantar la vasta vida 
que aún ahora es tu espejo: 
cada mañana habré de reconstruirla. 
Desde que te alejaste, 
cuántos lugares se han tornado vanos 
y sin sentido, iguales 
a luces en el día. 
Tardes que fueron nicho de tu imagen, 
músicas en que siempre me aguardabas, 
palabras de aquel tiempo, 
yo tendré que quebrarlas con mis manos. 
¿En qué hondonada esconderé mi alma 
para que no vea tu ausencia 
que como un sol terrible, sin ocaso, 
brilla definitiva y despiadada? 
Tu ausencia me rodea 
como la cuerda a la garganta, 
el mar al que se hunde.


¡Adiós!, Alfonsina Storni.


Las cosas que mueren jamás resucitan, 
las cosas que mueren no tornan jamás. 
¡Se quiebran los vasos y el vidrio que queda 
es polvo por siempre y por siempre será! 

Cuando los capullos caen de la rama 
dos veces seguidas no florecerán... 
¡Las flores tronchadas por el viento impío 
se agotan por siempre, por siempre jamás! 

¡Los días que fueron, los días perdidos, 
los días inertes ya no volverán! 
¡Qué tristes las horas que se desgranaron 
bajo el aletazo de la soledad! 

¡Qué tristes las sombras, las sombras nefastas, 
las sombras creadas por nuestra maldad! 
¡Oh, las cosas idas, las cosas marchitas, 
las cosas celestes que así se nos van! 

¡Corazón... silencia!... ¡Cúbrete de llagas!... 
-de llagas infectas- ¡cúbrete de mal!... 
¡Que todo el que llegue se muera al tocarte, 
corazón maldito que inquietas mi afán! 

¡Adiós para siempre mis dulzuras todas! 
¡Adiós mi alegría llena de bondad! 
¡Oh, las cosas muertas, las cosas marchitas, 
las cosas celestes que no vuelven más! ...


Acabar con todo, Octavio Paz.


Dame, llama invisible, espada fría, 
tu persistente cólera, 
para acabar con todo, 
oh mundo seco, 
oh mundo desangrado, 
para acabar con todo. 

Arde, sombrío, arde sin llamas, 
apagado y ardiente, 
ceniza y piedra viva, 
desierto sin orillas. 

Arde en el vasto cielo, laja y nube, 
bajo la ciega luz que se desploma 
entre estériles peñas. 

Arde en la soledad que nos deshace, 
tierra de piedra ardiente, 
de raíces heladas y sedientas. 

Arde, furor oculto, 
ceniza que enloquece, 
arde invisible, arde 
como el mar impotente engendra nubes, 
olas como el rencor y espumas pétreas. 
Entre mis huesos delirantes, arde; 
arde dentro del aire hueco, 
horno invisible y puro; 
arde como arde el tiempo, 
como camina el tiempo entre la muerte, 
con sus mismas pisadas y su aliento; 
arde como la soledad que te devora, 
arde en ti mismo, ardor sin llama, 
soledad sin imagen, sed sin labios. 
Para acabar con todo, 
oh mundo seco, 
para acabar con todo.


La poesía, Octavio Paz


¿Por qué tocas mi pecho nuevamente? 
Llegas, silenciosa, secreta, armada, 
tal los guerreros a una ciudad dormida; 
quemas mi lengua con tus labios, pulpo, 
y despiertas los furores, los goces, 
y esta angustia sin fin 
que enciende lo que toca 
y engendra en cada cosa 
una avidez sombría. 

El mundo cede y se desploma 
como metal al fuego. 
Entre mis ruinas me levanto, 
solo, desnudo, despojado, 
sobre la roca inmensa del silencio, 
como un solitario combatiente 
contra invisibles huestes. 

Verdad abrasadora, 
¿a qué me empujas? 
No quiero tu verdad, 
tu insensata pregunta. 
¿A qué esta lucha estéril? 
No es el hombre criatura capaz de contenerte, 
avidez que sólo en la sed se sacia, 
llama que todos los labios consume, 
espíritu que no vive en ninguna forma 
mas hace arder todas las formas 
con un secreto fuego indestructible. 

Pero insistes, lágrima escarnecida, 
y alzas en mí tu imperio desolado. 

Subes desde lo más hondo de mí, 
desde el centro innombrable de mi ser, 
ejército, marea. 
Creces, tu sed me ahoga, 
expulsando, tiránica, 
aquello que no cede 
a tu espada frenética. 
Ya sólo tú me habitas, 
tú, sin nombre, furiosa sustancia, 
avidez subterránea, delirante. 

Golpean mi pecho tus fantasmas, 
despiertas a mi tacto, 
hielas mi frente 
y haces proféticos mis ojos. 

Percibo el mundo y te toco, 
sustancia intocable, 
unidad de mi alma y de mi cuerpo, 
y contemplo el combate que combato 
y mis bodas de tierra. 

Nublan mis ojos imágenes opuestas, 
y a las mismas imágenes 
otras, más profundas, las niegan, 
ardiente balbuceo, 
aguas que anega un agua más oculta y densa. 
En su húmeda tiniebla vida y muerte, 
quietud y movimiento, son lo mismo. 

Insiste, vencedora, 
porque tan sólo existo porque existes, 
y mi boca y mi lengua se formaron 
para decir tan sólo tu existencia 
y tus secretas sílabas, palabra 
impalpable y despótica, 
sustancia de mi alma. 

Eres tan sólo un sueño, 
pero en ti sueña el mundo 
y su mudez habla con tus palabras. 
Rozo al tocar tu pecho 
la eléctrica frontera de la vida, 
la tiniebla de sangre 
donde pacta la boca cruel y enamorada, 
ávida aún de destruir lo que ama 
y revivir lo que destruye, 
con el mundo, impasible 
y siempre idéntico a sí mismo, 
porque no se detiene en ninguna forma 
ni se demora sobre lo que engendra. 

Llévame, solitaria, 
llévame entre los sueños, 
llévame, madre mía, 
despiértame del todo, 
hazme soñar tu sueño, 
unta mis ojos con aceite, 
para que al conocerte me conozca.